- Todo estaba a punto de comenzar. Las expectativas seguían altas aunque no tanto como los días previos. Es que el tan esperado día finalmente hacía su aparición. La sala: muy amplia, las distancias dentro de ella eran enormes: en el centro el escenario (aunque no se si realmente era el centro, no puedo especificar cuanto continuaba el salón detrás del escenario), hacia los costados simplemente no había nada mas que las respectivas paredes, aunque a varios metros del lugar donde yo me encontraba. A mi derecha, un viejo amigo al cual hacía mucho tiempo no veía; a mi izquierda inmediatamente mi hermana, y mas lejos mi mejor amigo. Conformábamos el treinta por ciento de la totalidad de espectadores. Estimo habremos sido cuatro o cinco grupos distintos de gente. Previo a comenzar, yo ojeaba el programa de la obra que tenia en mis manos, “Los Hermanos Blanco” anunciaba el título, con la foto de los payasos. Los observé detenidamente, pero la calidad de la folletería era escasa como para dilucidar al respecto. Aunque pude denotar que uno de ellos era un Pierrot. Levanté la vista y la centré en mi hermana. Realmente había quedado muy consternada de toda la situación previa.
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– Yo sabía que era una fábrica, como así también que el barrio donde se encontraba no era de los más placenteros de recorrerlos a las 23hs. Sin embargo no tenía idea de lo que el lugar era capaz de emanar. Recuerdo yo misma la sensación de haber doblado la esquina para entrar en el callejón donde queda la fabrica, e inmediatamente encontrarnos solos, completamente solos los cuatro ahí parados, frente a la inmensidad del edificio. Las calles estaban desiertas, las farolas eran escasas, hasta los limites que me marco mi mirada, no observe a nadie mas que nosotros. Tampoco había ningún vehiculo. Solo una furgoneta plotteada con un motivo militar y una antena de televisión que se asomaba de una de sus ventanillas. A este momento yo comencé a dudar de si la obra se realizaba el sábado. O tal vez, la habían suspendido. Cuando uno de mis amigos abre el portón para el ingreso, una oleada de sensaciones se nos presentó contundente. El ruido ensordecedor del viejo portón junto con el olor a humedad del lugar dio paso a una colosal oscuridad con su inmensidad arrolladora. Ingresamos. Mi hermana sugirió que veamos la obra otro día, y que retornásemos el camino de regreso. Yo me adelanté del resto, de cierta manera inconsciente buscaba la confirmación de la cancelación del espectáculo, probablemente para poder irnos de allí sin más. A mi derecha un haz de luz iluminaba una oficina muy pequeña. Sobre una mesa, un televisor transmitiendo futbol, al lado una persona que dejó de mirarlo para ponerme toda su atención. Kilos de más, peine de menos, su presencia me dio escalofríos.
- Buenas noches –le dije sin obtener respuesta–. ¿La obra de teatro de las 23hs es hoy?
- Primer piso –responde a secas–.
Miro a mis amigos, y ellos asienten con la cabeza.
- ¿Cómo subo? ¿Por dónde?
- Las escaleras del fondo – dice señalándolas–.
- Gracias.
Nos agrupamos los cuatro y comenzamos a subir. La sensación fue de total incertidumbre y que dejábamos atrás todo lo conocido.
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– De pronto se apagan las luces y se enciende un reflector que iluminaba el escenario. Pablo jugaba con el celular. Mi hermana tenía cara de que no lo estaba pasando demasiado bien. Mi otro amigo, miraba atentamente el escenario.
Aparece un payaso, y comienza a hacer un monologo. La escenografía era sobre el interior de una típica casa de clase media, con el peculiar detalle que sobre uno de sus rincones donde descansaba un helecho, se escondía detrás un payaso con careta que tocaba continuamente una guitarra.
La obra de teatro transcurría normalmente. Pero yo, empecé a aburrirme y dejé de prestarle atención en demasía. Observé la locación y trataba de imaginarme cuantas salas como esas habría en el primer piso. ¿Y en el segundo? ¿Y en el tercero?
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– Escalones antes de llegar al piso, se comenzaban a escuchar voces, risas, música. Fue suficiente para descontracturarnos. Mientras nos dirigíamos a esas personas, nos cruzó por delante un gato negro. Mi hermana, muy supersticiosa por cierto, comenzó a reprocharme que porqué seguíamos allí, que ya no tenía deseos de ver la obra de teatro, etc. Mi amigo Pablo preguntó a la gente cercana, quienes le confirmaron que allí había que esperar hasta que anuncien el comienzo del Espectáculo. Así que se acercó a la cantina para comprarse una cerveza.
Esculturas de papel y plástico, muñecos de personas que representaban judíos colgados de uno de los caños que cruzaba el techo, y luces rojas en los sillones se exponían en ese lugar.
- Los que van a ver la obra vengan por acá –sugirió un muy alto payaso–.
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- Mucho palabrerío sin acción en la obra, y mucha ingesta de bebida previa, hicieron que Martín se dirija al baño. “Cuando vuelva me contas todo. Así que mirá atenta que no me quiero perder nada.” Me dijo en todo irónico mientras se alejaba de la butaca.
Centrada en la obra nuevamente, comencé a disfrutar de esta parte. No puedo dilucidar cuanto tiempo pasó desde el momento en que él se fue, hasta que pasó todo.
- Trate de recordar, señora. Piense, haga un esfuerzo.
- Recuerdo que mi hermana, después de todo esto me pregunta por Martín. Le dije que estaba en el baño e hizo un chiste alusivo al tiempo que él estaba tardando.
- Hizo bien en irse –me dijo–. La verdad es que no se pierde de nada. Me voy yo también al baño.
- OK.
- ¿Sabés dónde queda?
- No sé. Martín me preguntó lo mismo. Me dijo que iba a preguntar en el cuarto de al lado, donde está la cantina. Seguro que saben, fijate que sino Martín ya hubiese regresado enojado por no ubicarlo.
- OK.
- ¿Sabés dónde queda?
- No sé. Martín me preguntó lo mismo. Me dijo que iba a preguntar en el cuarto de al lado, donde está la cantina. Seguro que saben, fijate que sino Martín ya hubiese regresado enojado por no ubicarlo.
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- El llamado que usted intenta realizar, no puede ser cursado en este momento. Inténtelo de nuevo más tarde.
Esa voz se repetía una y otra vez detrás del audífono del celular. De todos modos no esperaba siquiera una conexión en la llamada, porque los mensajes que intenté mandar antes no se entregaban.
Intenté de nuevo. Nada.
- ¿Y Erika? ¿Qué te dijeron los chicos?
- Nada, no me atienden –le respondí–.
- Que raro...
- En realidad, la llamada no se puede realizar.
- Ah, me quedo tranquilo entonces –me respondió sarcástico mirándome con los ojos muy grandes–.
Nos miramos en silencio. Me hizo un gesto con la cabeza.
- Nosotros somos los que la estamos pasando mal, Pablo. Ellos seguro están en la cantina acá al lado tomando cerveza. Así que no te me quedes mirando así, relajate y mirá el espectáculo.
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- Sin dudas fue el momento más divertido. Gregorio Blanco se mezcló entre el público y me eligió a mi para subir al escenario. Me pareció buena idea, así que lo hice con gusto. Busqué en Pablo una risa cómplice, pero el seguía con mala cara. Se le notaba aún desde arriba del escenario.
Mientras la rutina del sketch se sucedía conmigo como protagonista. La gente se divertía mucho. Me distendí realmente en ese momento, lo sentí único por...
- Sra., entiendo que lo disfrutó, pero usted no vino aquí para contarme de su protagónico en teatro. Volviendo al tema en cuestión, ¿cómo puede describir los hechos que ocurrieron luego?
- Un payaso se acercó a Pablo y le mencionó algo al oído.
- ¿Usted había visto antes a ese payaso?
- No. No.
- ¿Pertenecía a la obra?
- No. Era la primera vez que lo veía.
- ¿Puede precisarme con la mayor cantidad de detalles lo ocurrido desde ese momento, por favor?
- Si oficial. El payaso le dijo algo al oído. Pablo se puso de pie y me miró. Luego se fueron los dos, el payaso lo llevaba de la espalda.
- ¿Qué gesto le hizo, o cómo fue esa mirada de su amigo?
- No sé, las luces de escenario me enceguecían. Pero sé que me miró a mí, eso es clarísimo.
- Entiendo. ¿Puede describirme al payaso?
- Tenía un traje rojo enterizo, de la mitad del cuerpo para arriba no puedo precisar, las luces no me dejaban verlo. Sí sé que debajo del traje usaba unas zapatillas deportivas rojas. Eso lo recuerdo porque llamó poderosamente mi atención.
- Entiendo. Continúe por favor.
Silencio.
- Por favor, señora. Prosiga.
- Es que... snif...
- Tranquila.
- Recuerdo todo rojo, manchado de sangre por todos lados, la gente corría, los payasos seguían actuando. Había gente que continuaba mirando la obra. Gritos. Más gritos. Estoy muy confundida... snif.
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- Usted, ¿estuvo tranquila de aquí en adelante, sabiendo que sus amigos no regresaban? ¿Por qué no denotó que la cantidad de tiempo que pasó era llamativa para dos personas que simplemente fueron a un baño?
- No lo sé, oficial, no me di cuenta con la exactitud que usted necesita saber, como se sucedieron las cosas en cuanto al tiempo o al espacio...
- ¿Dice que perdió la noción de todo lo que ocurrió a su alrededor en ese momento?
- Aja...
- Discúlpeme si soy redundante, pero señorita, Ud. me mencionó que la obra de teatro era realmente muy aburrida y que...
- Sí –interrumpiendo–. Pero no fue por eso... El mensaje de texto de mi hermana fue contundente.
- ¿Puede leérmelo textual, Srta., por favor?
- Aguárdeme un momento… sí, aquí está… snif. “Tenía razón: hoy no era el día de la obra... no de esa… ¡Tengo miedo! Te amo.” Snif…
- Tranquilícese Srta. Tome este vaso de agua.
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