Blog de estudiante de la comisión 52 de la materia Taller de Expresión I, Cátedra Reale
Carrera Ciencias de la Comunicación - Facultad de Ciencias Sociales - Universidad de Buenos Aires.
Taller coordinado por la profesora Claudia Risé y Emilia Cortina (ayudante alumna)

16 de mayo de 2011

Centro Cultural IMPA

Asistencia a un ensayo abierto al público de tango.


Al ingresar, el olor a humedad propio de algo que falta “ventilar”, de un lugar al que se le nota el aislamiento con el exterior, generó en mí una sensación similar a la de alerta. Continué adentrándome en el lugar. El estado edilicio del IMPA presenta una infraestructura irregular, con salones más grandes que otros, con paredes en diagonal que provocan un efecto de laberinto -cubiertas de panfletos, cartas abiertas a los vecinos y el cronograma de actividades del Centro Cultural por doquier-, con columnas en medio de un salón... Si uno intenta imaginarse una fábrica pseudoabandonada, entonces se está imaginando este lugar. Por otro lado, el salón donde se produjo el ensayo sí responde a los estándares. Aunque las paredes están un poco húmedas, la pintura resquebrajada y los suelos bastante ásperos con cemento a la vista, la energía que sentí allí fue omnipresente y contundente. Fue como estar nuevamente en mis ensayos del ballet.
Ya en el sector de los espectadores, observé a los artistas: disciplinados, comprometidos y muy concentrados, terminaban de prepararse. De pronto, todos se reunieron en el centro, y comenzaron a bailar. Era como si la belleza visual de la coreografía ilustrara el espíritu de la música. De a pares, un hombre con una mujer, se dejaron llevar por la melodía melancólica y sentimental del 2 x 4.  La mujer seduce con sus movimientos y miradas y el hombre la sostiene y la conduce. Ella se desenvuelve en todo el baile bajo esa contención rompiendo el equilibrio para recostarse sobre su pecho. Entre el público pudimos sentir un aura de seducción en el ambiente.
Luego de la primera pieza, la siguiente tomó un rumbo más virtuoso. En especial, ese fue el momento donde se despertó mi admiración. Aquí no sé describir el lugar, ni la gente que me rodeaba, sólo me quedé observando con toda mi atención cada “firulete”, cada paso en cada compás...
Al finalizar esta mitad de la actuación, los protagonistas dijeron unas palabras de agradecimiento al público presente. Si bien se deduce una constancia en sus actuaciones, realmente se los pudo notar emocionados y lo genuino de su agradecimiento, en este caso para mí fue el perfecto cierre.

Acerca del proceso de escritura de mi narración

Durante el proceso de elaboración de mi narración acerca de una primera vez, intenté hacerlo bien desde la versión “original”, transmitir una idea, una historia elegida con un mensaje bien claro. En la planificación estuvo mi punto a mejorar. Empecé a hacer la primera reescritura de mi narración, con el objetivo de replantearme acerca de la diferencia entre mi intención real de lo quise que construyan mis personajes y lo que realmente construían. En una primera etapa tuve que reescribir acerca de las sensaciones del protagonista, ya que no estaban expresadas en un vocavulario adecuado para la clase de personaje que representa: un niño. Además, tuve que corregir incoherencias en algunos tiempos verbales, oraciones confusas y muy largas. Como así también me extendí un poco más en la descripción de los sentimientos de los personajes. En muchas ocasiones, las oraciones están irreconocibles, vistas desde la primera versión hasta la última. Lo bueno es que lo pude hacer, manteniendo la misma idea de fondo, pudiendo transmitir lo mismo que antes, pero con otras palabras.
Yo, a diferencia de lo planteado en clase y de lo que la mayoría de mis compañeros expresaron que estaban de acuerdo, no me quedo con mi primera versión. Más bien todo lo contrario: me encuentro en la sorpresa de que me gustó mucho pasar por el proceso de la reescritura. Y me gusta mucho más cada nueva versión “mejorada” que surge de cada revisión. De por sí soy una persona muy reflexiva, y veo al proceso desde este punto de vista. Lo reflexiono, lo analizo. Lo perfecciono.

Alter ego


No importaba cómo, dónde, ni quién estuviese allí. Lograba siempre ser el centro de la atención en cualquier circunstancia y casi a cualquier precio. Por su histrionismo, su hiperactividad, también porque se lo escuchaba desde cualquier lugar de la casa, por sus repentinos llantos o su risa contagiosa, Felipe sabía que de esa manera conseguía la mayor atención por sobre su hermana menor. El enojo y el llanto también eran eficaces, como así tambíen entrecruzaba los brazos, fruncía el entrecejo o apretaba los labios porque garantizaban la presencia de mamá o de papá. Si necesitaba todavía más ímpetu se excluía en un rincón. Contaba con una agudeza mental llamativa para sus recientes seis años, lo que le permitía ingeniar estrategias para que nadie lo dejase de lado como él temía.
Claro, hasta ese momento llevó una vida cargada de felicidad: hijo único, el primer nieto de la familia… así que todos se desvivieron por atenderlo… sus papis, los abus y los tíos. Bastaba con desear alguna cosa como para que eso se hiciera realidad. Y él siempre lo supo: le dieron todo. Fueron, aquellos, cinco hermosos años pero nada dura para siempre: nació Delfina, la primera “nena” de la familia. Felipe quería un hermanito, así que estaba súper contento de recibirlo. Hasta que llegó. Ahora es ella quién acapara los mimos, las atenciones, las debilidades… en los recuerdos de Feli se grabó aquella vez en que los abuelos no lo llevaron a la plaza porque Delfina quiso ver otra vez el capítulo final de Los padrinos mágicos. Con el tiempo Felipe supo que sólo portándose mal conseguía (aunque por lo general a través de retos) que no se olvidasen de él, que lo tuvieran presente.
Una tarde, su hermana que se encontraba durmiendo se despertó y entredormida intentó dirigirse hacia su mamá, quien hacía el almuerzo en la cocina ubicada en planta baja. Comenzó a descender por las escaleras, pero quedó atascada a la baranda con su saquito de algodón. Entre sollozos intentó salirse, pero no pudo sola y su madre no la escuchó por el ruido propio del ambiente. Felipe, que miraba dibujitos en la habitación contigua, escuchó a su hermana y se dirigió hacia ella. Se quedó cerca mirándola, pensando en que en ese instante vendría la madre hasta el lugar, le zafaría la ropa y le llevaría a la cocina, le daría de comer, luego jugarían juntas, reirían...
En ese momento, el saco de Delfina se rompió, la tela comenzó a ceder, quedando más expuesta aún a la caída. Ella, desesperada continuó moviéndose tratando de salirse, pero ahora ya le era imposible. No llegaba con sus piececitos al suelo y con sus pequeños brazos no conseguía tomarse de nada. Es allí, entonces, cuando lo miró a su hermano y llorando le tiró los brazos. Felipe se quedó atónito: su hermana estaba en peligro. Ante el grito de ella no dudó en correr hacia el lugar y en un esfuerzo por ayudarla la tomó por la cintura y, si bien la sostenía en brazos, no podía alzarla con suficiente altura como para destrabar su ropa de la baranda. Sin saber qué hacer y casi en un estado de desesperación decidió quitarle el saquito mientras la sostenía en brazos. Delfina se asustó y comenzó a gritar a todo volumen y a llorar de miedo, entonces su madre que la escuchó, fue corriendo a la escena en cuestión. Paralizada observó desde abajo como Feli logró quitarle el saco a Delfina y afirmarla fuerte con sus brazos hasta que la apoyó en el suelo. El miedo del niño por perder a su hermana logró que saque fuerzas impensadas para alguien tan pequeño. De esa manera, frente a los ojos de su madre que subió corriendo y los abrazó a ambos en pleno llanto, él la puso a salvo.
Felipe pensó que después de almorzar, ese mismo día, podría prestarle a su hermanita los nuevos juguetes que su abuelo le había regalado, y que tal vez sería divertido enseñarle a usar la espada de Star Wars.